No solo en el
gobierno mexicano levantó ampollas el discurso de Alejandro González Iñárritu,
sino también entre personas representativas del establishment blanco, anglo sajón y protestante
estadounidense. Las punzantes palabras del cineasta llegaron por igual a
quienes se sintieron cuestionados porque no representan el gobierno que nos
merecemos, y a aquellos que no quieren aceptar cambios profundos en las
relaciones entre México y Estados Unidos, particularmente en restañar la herida
que deja una frontera que es desigual en el trato que se da a mexicanos y
latinos en su paso hacia el otro lado, y el envío de armas y presiones
militares y de seguridad nacional desde el lado estadounidense. De este lado,
el Presidente Peña Nieto quiso zafarse de las críticas del laureado director de
cine; del otro lado, las reacciones de los conservadores que temen la creciente
influencia mexicana y latina al otro lado del río Bravo.
El poderoso
empresario Donald Trump (ver “el perfil”,
Milenio 25-02-2015), lanzó fuertes críticas al triunfo espectacular de
Iñárritu, diciendo que los Óscares que le fueron dados son una muestra más de
lo mucho que México le roba al país del norte, que un país con tanta corrupción
no merece ganar, que estos triunfos son una triste broma, igual que sucede con
el Presidente Obama, que la película American sniper de Clint Eastwood, es
superior pues habla de un héroe americano. Y luego el castigo: no inviertan en
México. Un discurso clasista y racista que comparten varios think tanks y
líderes políticos republicanos, particularmente del Tea Party, pero también
algunos de los demócratas que presionan en contra del reconocimiento de los
migrantes –actuales, pobres, no europeos- en una legislación más incluyente y
equitativa.
El número más
reciente de la revista Foreign Affairs, dedicado al “Problema con la Raza”, es
una buena muestra de discusiones y preocupaciones, auténticas y paranoicas, del
complejo conceptual que presenta el racismo en la Unión Americana. Tema ad-hoc
respecto de la crítica de Iñárritu a un país que atrajo, premió, se enriqueció
con la inmigración europea, pero que es incapaz de apreciar virtudes similares
cuando se trata de una raza considerada inferior. La revista hace una revisión
radical de la subida y caída de la raza como concepto desde el siglo XIX, aunque
otros análisis críticos de la colonialidad del poder, no incluidos en este
Número, como lo plantea Aníbal Quijano, muestran otra idea: que las razas
fueron determinadas socialmente y no biológicamente y que políticamente fueron significativas
desde el siglo XVI. Modernidad y colonialidad vienen y permanecen juntas desde
entonces. Pero, el siglo XX tratará de echar abajo al racismo, pues la raza es
un concepto socialmente construido más que algo innato. Lo cual hace más
compleja su interpretación.
La revista
explora la paradoja de un Estados Unidos en el que las desigualdades raciales
rígidas persisten; pero con instituciones o personas donde el racismo ha
disminuido drásticamente: “Un país que podría ser post-racista es marcadamente
post-racial.” Lo influyen legados históricos del racismo que aún no se
destierran de prácticas añejas y de cotidianeidades. También se analizan las “desastrosas”
experiencias de Europa con el multiculturalismo, del respeto de las diferencias
étnicas y culturales que han, paradójicamente, estimulado las mismas tensiones
que fueron diseñadas para calmar. ¿A pesar de profundas divisiones entre las
razas se debilita la democracia del país? A mayor interacción cultural, los
programas de acción afirmativa, para mejorar la suerte de las comunidades
excluidas son insuficientes. Las discusiones sobre temas raciales a menudo
asumen que las distinciones y actitudes locales son universales e inmutables y
no particulares y contingentes. ¿Aceptan allá, aceptamos acá al otro-a al
diferente?